Independencia en el Mundo Feliz global: la colonia de la OTAN en Kosovo
Diana Johnstone

“Quienes conocen la compleja verdad de Kosovo saben que las palabras de Aldous Huxley nunca resultaron más apropiadas: ‘sabrás la verdad, y la verdad te volverá loco’.”

A lo largo del pasado fin de semana, la maquinaria propagandística occidental hizo largas horas extra para que pudiéramos celebrar el último milagro de la OTAN: la transformación del Kosovo serbio en el Kosovo albano. El robo desvergonzado, por parte de Estados Unidos, de territorio de alto valor estratégico perteneciente a otro pueblo, robo consumado con el objetivo de instalar una poderosa base militar, “Campo Bondsteel”, en dicho territorio, es transformado, por parte de los influyentes medios de comunicación, en una acto heroico de “liberación nacional” destinado a convertirse en leyenda. Quienes conocen la compleja verdad de Kosovo saben que las palabras de Aldous Huxley nunca resultaron más apropiadas: “sabrás la verdad, y la verdad te volverá loco”.

Independencia en el Mundo Feliz global: la colonia de la OTAN en Kosovo

Y lo cierto es que, en Kosovo, la verdad son letras dibujadas en la arena mientras el tsunami de la propaganda se acerca con estruendo. Sea como sea, la verdad está disponible: por ejemplo, en el texto, profundamente esclarecedor, que George Szanuely publicó en CounterPunch el viernes anterior a la declaración de la independencia. Otras veces, algunos pedazos de verdad pueden hallarse en los medios convencionales, principalmente en las cartas que los lectores envían a los periódicos. Así que, por infructuosa que pueda parecer de antemano la tarea de intentar parar la marea de una leyenda proclamada oficialmente, déjenme examinar, aunque sea sólo a partir de una pequeña gota de agua, este mar imparable de propaganda: me propongo analizar una columna de Roger Cohen titulada “El Nuevo Estado de Europa” y que apareció en la edición del día de San Valentín del International Herald Tribune.

La columna de Cohen es un magnífico ejemplo del tipo de desprecio con el que se despachan los temas que tienen que ver con Milosevic, Rusia y los serbios. Escribe Cohen: “Slobodan Milosevic, el dictador, puso en marcha la marea nacionalista de Serbia el 24 de Abril de 1987, fecha en la que fue a Kosovo a declarar que los antepasados serbios serían deshonrados si los albaneses étnicos se salieran con la suya”. Yo no sé de dónde sacó Roger Cohen esa referencia, pero lo que sí puedo asegurar es que no se encuentra en el discurso que Milosevic pronunció ese día en Kosovo. Y también puedo asegurar que Milosevic no fue a Kosovo a hacer declaraciones de este calibre, sino a discutir con los responsables de la Liga Comunista en la ciudad kosovar de Polje acerca de los serios problemas sociales y económicos de la región: además de problemas crónicos como la pobreza, el desempleo y la mala gestión de los fondos para el desarrollo aportados por el resto de Yugoslavia, la principal dificultad a la que se enfrentaba la provincia por aquel entonces era el éxodo constante de habitantes serbios y montenegrinos bajo la presión de los albaneses kosovares –algo, por cierto, que, en aquel momento, los principales medios de comunicación occidentales no tuvieron inconveniente en difundir.

Por ejemplo, en una fecha tan temprana como la del 12 de Julio de 1982, Marvine Howe, reportero del New York Times, narró cómo decenas de miles de serbios estaban dejando Kosovo como consecuencia de la discriminación y de la intimidación ejercidas por parte de la mayoría étnica albana. Asimismo, Beci Hoti, Secretario del Partido Comunista de Kosovo, aseguraba que “la campaña de los nacionalistas [albanos] persigue dos objetivos […]: primero, establecer lo que ellos denominan una república albana étnicamente limpia; y después, unirse a Albania para formar un Estado albano todavía más grande”. Así, lo que hacía el señor Hoti –albanés, por cierto- era expresar su preocupación con respecto a las presiones políticas que estaban forzando a los serbios a dejar Kosovo. De ahí que asegurara que “lo que importa ahora es establecer una clima de seguridad y crear confianza”.

Asimismo, el 1 de noviembre de 1987, siete mese después de la visita de Milosevic a Kosovo, David Binder, reporto del New York Times, escribía: “los albaneses que ocupan cargos en el Gobierno [de Kosovo] han manipulado regulaciones y fondos públicos con el objetivo de apoderarse de territorio perteneciente a los serbios. Se han destruido banderas, iglesias eslavas ortodoxas han sido atacadas, se han envenenado pozos de agua y se han quemado cosechas. Además, jóvenes eslavos han sido apuñalados y grupos jóvenes de etnia albana han recibido órdenes de sus mayores de violar a chicas serbias”. El objetivo de los nacionalistas radicales, se afirmaba en una entrevista que vio la luz en aquel momento, “[es una] Albania étnica que incluya la Macedonia occidental, el sur de Montenegro, parte del sur de Serbia, Kosovo y la actual Albania”.

De este modo, mientras que los eslavos huían de la violencia, Kosovo se estaba convirtiendo en lo que los albano-kosovares nacionalistas habían estado pidiendo durante años, y de forma especialmente vehemente tras el sangriento motín protagonizado en 1981 por los albaneses de Pristina –región “étnicamente pura” donde las haya—.

Tal como aseguraban el New York Times y otros medios occidentales, en realidad éste fue el primer caso de “limpieza étnica” acaecido en la Yugoslavia posterior a la Segunda Guerra Mundial –una limpieza étnica, cuyas víctimas fueron los serbios—. Pese a que el “culto a la memoria” se ha convertido en la religión contemporánea, parece que unas memorias están más frescas que otras: huelga decir que pasados unos años, durante la década de 1990, el New York Times se había olvidado ya de lo que había contado durante la década anterior. ¿Por qué? Quizás fuera porque el bloque soviético ya se había derrumbado, con lo que la unidad de una Yugoslavia independiente y no alineada dejó de ser de interés estratégico para Estados Unidos.

Pero volvamos a la visita de Milosevic a Polje (Kosovo) el 24 de abril de 1987. Aquel día, se produjo el siguiente incidente: cuando la policía local, que seguía las directrices dictadas por un gobierno de la Liga Comunista dominado por albaneses, cargó contra grupos de serbios que se habían reunido para protestar por la falta de protección legal en la que se encontraban, Milosevic pronunció unas palabras sencillas y espontáneas que iban a cobrar una gran notoriedad: “¡Nadie debería golpearos más!” –afirmó conciso. Si esto es “extremismo nacionalista”, ¡quizás habría que recurrir a él con mayor frecuencia!

Sea como sea, no logró encontrar rastro alguno de la afirmación que Cohen atribuye a Milosevic. En su discurso ante los delegados locales del partido, que se encuentra disponible en los archivos públicos, Milosevic hizo referencia a un “incidente lamentable” y prometió una investigación. Además, destacó que “no deberíamos permitir que las desgracias de la gente sean manipuladas por los nacionalistas, a quienes toda persona honrada debe combatir. No debemos dividir a la gente entre serbios y albaneses; deberíamos limitarnos a distinguir entre gente decente que lucha por la fraternidad, la unidad y la igualdad étnica, y gente contrarrevolucionaria y nacionalista”.

Recurro una vez más a Aldous Huxley en busca de algo de consuelo: “los hechos no dejan de existir por ser ignorados”, escribió el escritor inglés. Sin embargo, también fue Huxley quien nos recordó que “grande es la verdad, pero aún más grande, desde un punto de vista práctico, es el silencio sobre la verdad. Con el sencillo expediente de dejar de mencionar ciertos temas, los propagandistas totalitarios han conformado la opinión de la gente de un modo harto más eficaz que si hubieran recurrido a las más elocuentes fórmulas”.

Sin ir más lejos, el pasado martes, el Ministro de Exteriores ruso, Sergei Lavrov, intentó desde Ginebra comunicar a los periodistas su honda preocupación ante la forma en que Estados Unidos estaba gestionando el problema de Kosovo. “Estamos asistiendo –decía Lavrov— a la subversión de todos los fundamentos y principios de la legalidad internacional, que han sido ganados y establecidos como cimientos para la existencia de Europa con gran esfuerzo y a costa de dolor, sacrificio y sangre. […] Nadie está ofreciendo un plan de acción claro y coordinado en caso de que se produzcan reacciones en cadena [en forma de otras declaraciones unilaterales de independencia]. […] [Estados Unidos y sus aliados de la OTAN] están actuando calamitosamente en un asunto de suma importancia como el de la independencia de Kosovo. Esto es sencillamente inadmisible e irresponsable”, dijo el ministro ruso. “Sinceramente, no consigo entender los principios que guían a nuestros colegas americanos, como tampoco logro entender a los europeos que han optado por esa misma línea de acción”, añadió.

Pues bien; resulta que, en su artículo del International Herald Tribune, Roger Cohen despacha tales consideraciones con cuatro palabras: “el oso ruso gruñirá”. “Rusia gritará” –asegura. Por lo visto, el problema es que Rusia “ha apostado por el caballo equivocado”. Así pues, parece que en la cuestión de Kosovo ni hay asuntos importantes en juego, ni hay principios que deban ser defendidos o rebatidos. Se trata sólo de gruñidos y apuestas: “Milosevic tiró los dados del nacionalismo genocida, y perdió”, concluye Cohen. Así de fácil.

Y el caso es que todo esto no es sólo una afirmación falsa; es una metáfora grotesca carente de significado. Lo que ocurrió fue que Milosevic intentó contener un movimiento secesionista armado, secreta pero efectivamente apoyado por la vecina Albania, por Estados Unidos y por Alemania, un movimiento que, al asesinar tanto a serbios como a albaneses leales al Gobierno, deliberadamente desencadenó la represión por parte de este último. Lo mismo que los estadounidenses en circunstancias similares, Milosevic confió demasiado en la superioridad militar y desatendió el terreno de la negociación política. Con todo, resulta interesante subrayar que hasta el propio Tribunal Criminal Internacional de la Haya, auspiciado por la OTAN, tuvo que retirar los cargos de “genocidio” que se imputaban a Milosevic por su actuación en Kosovo. Y esto fue así por la sencilla razón de que nunca hubo un ápice de evidencia para tales cargos.

Ahora Milosevic ya no está vivo, y Rusia queda lejos. ¿Qué pasa con los serbios que viven todavía en esa región histórica de Serbia llamada Kosovo? Cohen liquida esta cuestión con pocas palabras: “algunos de los 120.000 serbios de Kosovo deberán ir haciendo las maletas”. Ya lo dijo Huxley: “el propósito del propagandista es hacer que un grupo de gente olvide que otro grupo de gente está formado por seres humanos”. Es en este punto en el que se pueden empezar a decir cosas como que de lo que se trata es de que parte de los serbios de Kosovo “hagan las maletas y se larguen”.

El “caso único”

Rusia ha advertido que la independencia de Kosovo sentará un precedente peligroso, pues puede animar a otras minorías étnicas a seguir el ejemplo de los albaneses y exigir la secesión y la creación de un estado independiente. En cambio, Estados Unidos ha despachado tales temores aduciendo simplemente que el de Kosovo es un “caso único”. Aunque, bien mirado, ¡claro que Kosovo, como todos los casos, es un caso único! De hecho, es el único “caso único” reconocido por Estados Unidos, por lo menos –eso sí— hasta que el próximo “caso único” aparezca. Cuando los criterios legales se tiran por la borda, los “casos únicos” se suceden uno tras otro.

El carácter “único” reivindicado por Estados Unidos es una construcción de la propaganda. El caso de Kosovo echa sus raíces en la supuesta represión “única” de Milosevic contra el movimiento secesionista armado. Pues bien; tal represión en ningún caso fue “única”: el de la represión ha sido un procedimiento corriente y moliente, al que se ha recorrido a lo largo y ancho de la historia y del mundo en circunstancias similares. Se trata de un método deplorable –eso no ofrece duda—, pero en ningún caso “único”. De hecho, fue menos importante en términos de intensidad que otras operaciones anti-insurgencia mucho más sangrientas y duraderas, como las de Colombia, Sri Lanka y Chechenia, por no mencionar Irlanda del Norte, Tailandia y Filipinas. Y, a la inversa de lo que ocurre con las operaciones de contra-insurgencia que se llevan a cabo en Irak y Afganistán, operaciones que se saldan con la muerte de un número de civiles incomparablemente superior, la de Kosovo fue llevada a cabo por el gobierno legal, democráticamente elegido, no por un poder instaurado por fuerzas foráneas.

El carácter “único” que presenta la propaganda, pues, constituye una abstracción completamente alejada de la realidad. Huelga decir que, como cualquier lugar del planeta, Kosovo es ciertamente “único”. Pero lo es en un sentido y bajo un conjunto de circunstancias que nada tienen que ver con las razones aducidas por Estados Unidos para convertir el país en un puesto miliar del Imperio. En cualquier caso, para saber en qué sentido Kosovo puede ser un “caso único”, uno tiene que interesarse por Kosovo. Yo lo he hecho. Visité Kosovo antes de la guerra que inició la OTAN en 1999, cuando recorrí la región, por mi cuenta y con el mero objetivo de ir observando, en un Skoda familiar. Corría el mes de agosto de 1997. Conducir en Kosovo era entonces algo peligroso, en parte por el gran número de perros muertos abandonados en el camino, y en parte también por el hábito de los conductores locales de adelantar a los vehículos lentos en las curvas de las carreteras de montaña. Un día, en el norte de Kosovo, justo a las afueras de la ciudad de Zubin Potok, ocurrió lo inevitable: una colisión entre vehículos dejó tras de sí un alto número de víctimas y ocasionó el corte de la carretera, de sólo dos carriles, durante las largas horas que necesitaron los servicios médicos y la policía para restituir la normalidad en aquel tramo.

Privada de la posibilidad de proseguir hasta Pristina, decidí volver a Zubin Potok para matar el tiempo sentada en la sombra de la terraza de algún restaurante que pudiera encontrar. Y así lo hice. Al cabo de un rato, me encontraba sentada en un establecimiento del que era la única cliente. El solitario camarero, un joven alto y buen mozo llamado Milomir, aceptó amablemente mi invitación de sentarse en mi mesa y charlar mientras bebía vasos y más vasos de un delicioso zumo de fresa.

Milomir se alegró mucho de poder hablar con alguien a quien la ciudad francesa de Metz, que él había visitado como estudiante y recordaba con cariño, le resultara familiar. Le encantaba leer y viajar, pero en 1991 se casó y ahora tenía que trabajar para mantener a sus dos hijas. Milomir me contaba que, aun habiendo estudiado en la universidad, sus perspectivas laborales eran escasas y modestas, lo que lo obligaba a permanecer en Zubin Potok. Y Europa era coto vedado: aun si pudiera conseguir un visado, lo que resultaba prácticamente imposible siendo serbio, se encontraba con la barrera lingüística que supone no hablar otro idioma que el serbo-croata. Había estudiado algo de ruso como lengua extranjera –le encantaba la literatura— y albanés, pero con eso no bastaba. Decía que el albanés lo había aprendido para poder comunicarse con la población albanesa de Kosovo, que era mayoritaria. Pero tal comunicación era difícil. Milomir decía estar a favor de una sociedad bilingüe, y aseguraba que todo el mundo en Kosovo debería aprender serbio y albanés, lo que desagraciadamente no era el caso. En efecto, las generaciones más jóvenes de albaneses rechazaban estudiar serbio y, en su lugar, aprendían inglés.

La ciudad de Zubin Potok se encuentra cerca de una presa sobre el río Ibar construida a finales de los años setenta para generar energía hidráulica. El trayecto de Novi Pazar a Zubin Potok lo había recorrido a través de una carretera que bordea un lago artificial de 35 quilómetros de largo originado por la presa. Iba buscando en vano un lugar agradable para parar a descansar, y advertí que había restos de antiguas villas construidas en la ribera del Ibar antes de que la presa fuera levantada. Pregunté a Milomir sobre estas villas y me dijo que sí, que el lago artificial había anegado un conjunto de pueblos antiguos de población étnicamente mixta pero sobre todo serbia. Las autoridades comunistas albanas de Pristina habían decidido reubicar esta población –unas 10.000 personas— fuera de Kosovo, alrededor de la ciudad de Kraljevo. Este constituía un ejemplo menor de las medidas administrativas tomadas años atrás, antes de que Milosevic ocupara el poder, cuando los albaneses gobernaban la provincia a través de la Liga Comunista local.

Milomir no se estaba lamentando: simplemente contestaba mis preguntas. Me explicaba que iba muy de tarde en tarde –siempre en autobús, porque no tenía coche— a la ciudad más cercana, Mitrovica, pues tenía miedo de ser apaleado por grupos de albaneses. Por lo visto, realidades como ésta eran de lo más común en una época durante la que los medios occidentales nos contaban que los albaneses de Kosovo estaban siendo aterrorizados por la represión serbia.

Mientras charlábamos, llegó un amigo de Milomir y la conversación adquirió tintes más claramente políticos. Se acercaban elecciones presidenciales, y los dos jóvenes querían saber qué candidato era en mi opinión el mejor para Serbia a los ojos del mundo. Milomir se inclinaba por Vuk Draskovic, y su amigo por Vojislav Kostunica. A ninguno de los dos les pasó ni por un instante por la cabeza votar a Milosevic o a Seselj, el líder nacionalista del Partido Radical.

Zubin Potok hoy

No tengo ni idea de lo que ha sucedido con Milomir, su mujer, sus dos hijas y su amigo. Zubin Potok es el municipio más occidental del norte de Kosovo –una región marcadamente serbia—. Leo a través de Internet que la población de Zubin Potok (incluidas las localidades de los alrededores) prácticamente se ha duplicado desde que yo pasé por la zona. Ahora viven allí unos 14.900 habitantes, entre los que se incluyen los cerca de 3.000 serbios expulsados por la mayoría albana de otras aéreas de Kosovo, 220 refugiados serbios de Croacia y 800 albaneses. El gobierno local se encuentra en manos del Partido Democrático serbio de Vojislav Kostunica, pero también forman parte de él dos representantes albaneses.

Hasta la fecha, escuelas, hospitales y otros servicios públicos, al igual que el grueso de la actividad económica local, han funcionado principalmente gracias a los subsidios procedentes de Belgrado. Conviene advertir, pues, que la declaración de independencia de Kosovo puede desatar una verdadera crisis al cerrar el grifo del que manaban tales subsidios, unos subsidios vitales para la salud social y económica de la sociedad kosovar y que un Kosovo “independiente” no puede suministrar. Sorprende, pues, que se den fenómenos como la proliferación de bandas musicales de nacionalistas albaneses que están declarando que Zubin Potok “es albano” y que debe ser “liberado de los serbios” (1).

La Unión Europea, por su parte, está empezando a tomar medidas para garantizar ley y orden en la zona. Pero el “orden” que dice estar garantizando es el definido por los nacionalistas albaneses. ¿Y qué puede significar eso para gente como Milomir y su pequeña familia? La respuesta que Roger Cohen da a esta pregunta es bien fácil: “¡que hagan las maletas y se larguen!”

A todo eso, Serbia se ha convertido ya en el país europeo que acoge a un mayor número de refugiados, por lo general víctimas de la “limpieza étnica” practicada en Croacia y en Kosovo. Y los serbios no pueden obtener visados o gozar de la condición de refugiados en Europa occidental, pues han sido etiquetados como los “tipos malos”. Sólo sus enemigos gozan del derecho a ser “víctimas”.

Antes y Después

Antes de la guerra de la OTAN y de la ocupación, Kosovo era, pese a todo, una sociedad multiétnica. La acusación de estar practicando el apartheid de la que eran objeto los dirigentes serbios era, sencillamente, propaganda albana. Los líderes nacionalistas albaneses escogieron usar ese término de robustas connotaciones para describir su propio boicot a los serbios y a las instituciones serbias. Cualquier acción policial contra un albanés, fuera por la razón que fuera, desde la participación en grupos rebeldes armados hasta la comisión de un crimen común, era descrita por la Red Albana para los Derechos Humanos, que estaba financiada por el gobierno de Estados Unidos, como una “violación de los derechos humanos”.

En este contexto, no deja de resultar sorprendente que los gobiernos serbio y yugoslavo permitieran la constitución de un “gobierno de Kosovo” separatista y rayano en la ilegalidad, el gobierno liderado por Ibrahim Rugosa, y que se estableciera en el centro de Pristina, lo que le permitía ir recibiendo regularmente a periodistas extranjeros, refocilados con historias truculentas que mostraban el grado de opresión de los albaneses bajo la bota de los temibles serbios. Pero conviene no olvidar que las leyes eran las mismas para todos los ciudadanos, y que había un buen número de albaneses en el gobierno local, de modo que, si hubo casos de brutalidad policial –¿en qué país no se dan casos de brutalidad policial?-, los albaneses no se hallaban más desprotegidos que sus vecinos serbios.

Es más: de hecho fueron los serbios quienes desarrollaron cierto temor hacia los albaneses. En efecto, conviene aclarar que sólo fuera de Kosovo podía creerse con un mínimo de seriedad que eran los albaneses los que se hallaban bajo la amenaza de “limpieza étnica” e incluso de “genocidio”. Pues lo cierto es que quienes tenían miedo, quienes hablaban de mandar a sus hijos al extranjero –si tenían medios para hacerlo— o de permanecer en el país “pese a todo” ¡eran los serbios!.

Más adelante, en marzo de 1999, cuando la OTAN empezó a bombardear Kosovo, cientos de miles de albaneses huyeron temporalmente del teatro de la guerra, lo que fue presentado, precisamente, como la justificación del bombardeó que causó tal huída. De lo que en ningún momento se preocupó la prensa fue de relatar la huída a la que se vio empujada también, y por la misma razón, la población serbia.

Una vez, en 1987, observé en Kosovo –en Pristina y en Pec, concretamente— una forma peculiar de comportamiento de grupo que me recordó ciertas pautas de conducta que había visto en los patios de escuela del Maryland de mi niñez. En aquellos patios, se formaba a menudo una panda de chavales que, usando símbolos diversos, determinado lenguaje corporal y un mínimo de palabras, dejaban entender a un determinado grupo de “foráneos” que quedaban excluidos, que eran despreciados por ellos, los dueños del patio. Pues bien; en algunas ocasiones he visto a los albaneses actuar de esta manera con los serbios, especialmente con las mujeres mayores. Y esta variedad de “mobbing”, que no era violenta en 1987, pasó a serlo después de que la OTAN ocupara el territorio de Kosovo. De hecho, fue alentada por el sello oficial de aprobación que supuso el hecho de que la OTAN diera cobertura militar al odio albanés hacia los serbios. Este fue uno de les efectos de las bombas que cayeron en la primavera de 1999.

Por supuesto que habrá habido serbios que odiaran a los albaneses. Pero mi experiencia en la zona, por limitada y ocasional que fuera, me enseña algo sorprendente, a saber: la ausencia de odio hacia los albaneses por parte de los serbios con los que me encontré. Miedo sí; no odio. Y anécdotas como la siguiente le sumen a uno en una gran perplejidad. Una vez, la hermana Fortina, del Monasterio de Gracanica, hacía un análisis muy cristiano: “Nosotros ayudamos a los albaneses a cuidar de sus muchos hijos” –decía-, “y aun así, se volvieron contra nosotros. Debe ser la forma que tiene Dios de castigarnos por habernos alejado del cristianismo durante la época comunista” –concluyó—. La hermana Fortina culpaba más a sus compatriotas serbios que a los albaneses.

Pero el castigo divino no se ha cebado sólo en los cristianos. En el extremo sur de Kosovo vive el antiguo pueblo de los llamados “gorani” –“gente de la montaña”—. Los gorani, como la mayoría de los albaneses, se convirtieron al Islam durante el período de la ocupación otomana. Sin embargo, mantuvieron el serbio como lengua propia, lo que resulta inaceptable para los albaneses. Pues bien; pese a que los cálculos varían ligeramente según los estudios, no se pone ya en duda que al menos dos tercios de los gorani se han ido desde que Kosovo fue “liberado” por la OTAN. No es de extrañar que las cosas sean así, vista la dureza y variedad de las formas de intimidación de que han sido objeto los gorani. Por un lado, los albaneses se han trasladado a las casas temporalmente desocupadas de los gorani que se fueron a Austria y Alemania a ganar algo de dinero para su retiro. Por el otro, las autoridades albanesas, auspiciadas por la OTAN, han encontrado formas de privar a los niños gorani de escolarización en serbio. Por si fuera poco, en la ciudad gorani más importante, Dragash, la muchedumbre albanesa atacó el centro médico y forzó a los trabajadores a huir. Asimismo, el pasado 5 de enero, una fuerte explosión destrozó el banco que, en Dragash, era la última entidad bancaria serbia todavía operativa en el sur de Kosovo y que cumplía la importante función de transferir las pensiones que permiten a los gorani sobrevivir día a día. Huelga decir que dicho acto criminal quedó impune.

David Binder, quien fuera reportero del New York Times en Yugoslavia antes de quedar apartado de su trabajo por saber demasiado, informó el pasado noviembre acerca de la existencia de un exhaustivo trabajo de investigación encargado por las Fuerzas Armadas alemanas sobre la situación en Kosovo (2). La existencia de este informe constituye la prueba de que los gobiernos occidentales, aun proclamando a los cuatro vientos que Kosovo está “preparado para la independencia”, saben perfectamente que lo contrario es lo cierto. Entre otras cosas, Binder revela que los autores del estudio, Mathias Jopp y Sammi Sandawi, pasaron seis meses entrevistando a 70 expertos y estudiando material bibliográfico actual sobre Kosovo. Según su análisis, la inestabilidad política y la guerra de guerrillas de los años noventa condujeron a alteraciones básicas que denominan “giro en las estructuras sociales kosovo-albanesas”. El resultado de tal “giro” es la consolidación de “una sociedad en guerra civil en la que las personas inclinadas a la violencia, escasamente educadas y fácilmente influenciables, pueden ascender socialmente bajo el manto de una estructura militar rápidamente construida”. La kosovar “es una sociedad mafiosa”, basada en la “captura del Estado” por parte de elementos criminales, aseguran los autores.

Siempre según el citado estudio, el crimen organizado de Kosovo “lo constituye un conglomerado de organizaciones multimillonarias con experiencia en la guerrilla y en el espionaje”. En efecto, los autores del estudio citan un informe del servicio de inteligencia alemán sobre los “contactos cercanos entre líderes políticos con alto poder de decisión y la clase criminal dominante”, a la vez que señalan a Ramush Haradinaj, Hashim Thaci y Xhavit Haliti como líderes políticos involucrados en asuntos oscuros y que se encuentran “protegidos, internamente, por la inmunidad parlamentaria, y en el extranjero, por la ley internacional”. Sin ir más lejos, Jopp y Sandawi recuerdan que el responsable de la Misión de Naciones Unidas en Kosovo entre 2004 y 2006, Søren Jessen-Petersen, se refirió a Haradinaj como “un amigo personal y cercano”. Asimismo, el estudio critica duramente a los Estados Unidos por “ser cómplices de la huída de los criminales” de Kosovo y por “evitar que los investigadores europeos hagan su trabajo”. En la misma dirección, el informe pone de manifiesto la existencia de “centros secretos de detención de la CIA” en el Campo Bondsteel y reprende al Pentágono por aprobar el entrenamiento militar de la policía kosovar –albanesa— por parte de Dyncorp (3). Finalmente, en una acotación al margen, el informe reproduce las palabras de un oficial no identificado que se refiere a Steve Schook, actual comandante en jefe de la Misión de Naciones Unidas en Kosovo, como un hombre, “cuya principal tarea consiste en emborracharse una vez a la semana con Ramush Haradinaj”.

Quién se va y quién se queda

Schook ha sido relegado de su puesto por la Misión de Naciones Unidas en Kosovo. Pero la Misión de Naciones Unidas en Kosovo ha ido cediendo espacio y capacidad de maniobra a la Misión de la Unión Europea, que utiliza dicho espacio de un modo harto arbitrario. Y la “misión” de la Unión Europea es una especie de gobierno colonial que, junto con la OTAN, se propone gobernar el ingobernable territorio albanés a su antojo. Sin embargo, movimientos armados de patriotas albaneses están planeando ya su próxima “guerra de liberación”, esta vez contra los intereses europeos y estadounidenses en la zona.

Así las cosas, ¿resultará acaso que tras los serbios, los gitanos y los gorani, tendrán que ser los europeos quienes “hagan las maletas y se larguen”? Lo cierto es que sólo los estadounidenses parecen tener clara la necesidad de permanecer en la zona. Afincados en su gigantesco “Campo Bondsteel”, controlan las rutas estratégicas entre Serbia y Grecia, a la vez que ofrecen a la masa de parados kosovares albaneses la oportunidad de acceder a los empleos mejor pagados posibles, especialmente en forma de trabajos peligrosos y de baja categoría que aquéllos desempeñan en el seno de las fuerzas estadounidenses desplegadas en Irak y Afganistán.

Esta es la realidad de esta obscena apropiación de territorio kosovar por parte de los grandes poderes estratégicos europeos y mundiales. Se trata de una realidad cuyo conocimiento está disponible, bien al alcance de todos. Yo misma he escrito sobre ello; Binder ha escrito sobre ello; Szamuely ha escrito sobre ello; muchos alemanes han escrito sobre ello; los rusos, los griegos, los rumanos, los eslovacos y muchos otros pueblos tienen información sobre ello. Pero en el “Mundo Feliz” global es una realidad que no existe. La gente no sabe que existe. Así que termino cediendo la palabra de nuevo a Aldous Huxley: “Casi toda la ignorancia es ignorancia superable. No sabemos porque no queremos saber”.

NOTAS: (1) El rap albano de tales grupos, que utilizan la Estatua de la Libertad como estandarte, puede encontrarse en YouTube. (2) Una presentación de los pormenores del caso Binder puede encontrase en http://www.balkananalysis.com. (3) Para un análisis del papel de las compañías privadas estadounidenses especializadas en la venta de material bélico y en el adiestramiento militar –entre ellas, Dyncorp-, véase Jeremy Scahill, “Lo$ negocio$ de Blackwater”. [N. de los T.].

Diana Johnstone es la autora de Fools' Crusade: Yugoslavia, NATO, and Western Delusions [Cruzada de Tontos: Yugoslavia, la OTAN y los engaños occidentales], Monthly Review Press, 2002.

Traducción para www.sinpermiso.info: Sandra González y David Cassasas
Fuente: http://www.sinpermiso.info/#