Entrevista a Samin Amin: El nuevo reto del internacionalismo de los pueblos
Rosa Massaoui

Ocho años después del primer Foro Social Mundial, el intelectual egipcio marxista describe la gran evolución histórica del capitalismo y pone sobre la mesa las alternativas a las convulsiones geopolíticas de este principio de siglo, en el coloquio «Altermundismo y postaltermundismo», organizado por la asociación «Mémoires des luttes» y la revista 'Utopie critique', en París.

Entrevista a Samin Amin: El nuevo reto del internacionalismo de los pueblos

¿Cómo analiza la evolución actual de la crisis económica y financiera a escala mundial?

La «financiarización» del sistema liberal, considerado por muchos como una forma nueva y duradera del capitalismo era, desde mi punto de vista, sólo un arreglo coyuntural para que el capitalismo superase sus contradicciones. El crecimiento de las rentas del capital y la reducción de las rentas del trabajo no podían durar eternamente. La vertiente financiera del sistema es su talón de Aquiles.

Las subprimes no son la causa de la crisis, que es sistémica, sino únicamente el accidente que la puso en marcha. Después de privatizar las ganancias, las potencias dominantes se van a emplear en socializar las pérdidas, es decir, van a hacérselas pagar a los trabajadores, a los jubilados y a los países vulnerables del Tercer Mundo.

Según usted el capitalismo, como sistema histórico, está en una fase de «decadencia». ¿Qué justifica este análisis?

El capitalismo como sistema histórico no tuvo una maduración muy larga. Al contrario, su apogeo, que empezó en el plano político por la Revolución francesa y en el plano económico por la revolución industrial, se concentró en el siglo XIX, es decir, en un período muy corto. El fin de ese apogeo se anunció muy temprano, desde 1871 por «La Comuna de París» y poco después, en 1917, por la primera revolución en nombre del socialismo, la Revolución Rusa. Al contrario de lo que señalan las apariencias y las opiniones dominantes, el capitalismo ya entró entonces en un largo período de decadencia. Cuestionado en el siglo XX como sistema económico, social y político por los proyectos alternativos (socialistas y comunistas), también se enfrenta a los enormes contrastes que el propio capitalismo origina entre los centros dominantes y las periferias dominadas. Esos contrastes alimentaron la rebelión, la negativa de los pueblos dominados a someterse, a aceptar la dominación y la degradación de las condiciones sociales que engendra dicho sistema.

¿Cómo se articulan esas dos dimensiones -ideológica y geopolítica- del cuestionamiento del capitalismo?

Son indisociables. Simplemente porque el capitalismo que existe realmente, como sistema globalizado, es imperialista por naturaleza. Esta indisociabilidad fue tomada en serio, el siglo pasado, por las revoluciones socialistas que adquirieron consistencia en las periferias del sistema capitalista. Pienso en las revoluciones china, vietnamita y cubana. La asociación, en el siglo XX, de ambas dimensiones del cuestionamiento del capitalismo constituye, en cierto modo, una primera «ola»: la de las revoluciones en nombre del socialismo, los grandes movimientos de liberación nacional con grados diversos de radicalismo, la de no alineación, la del antiimperialismo. Esta primera ola alcanzó sus límites históricos con bastante rapidez. Se sofocó; de una forma muy rápida en el caso de los países del Tercer Mundo recién salidos de las luchas de liberación nacional y no tan rápidamente en el caso de las revoluciones en nombre del socialismo. Pero el resultado fue el mismo: esta primera ola se anquilosó y después se agotó.

Sin embargo usted considera que se puede producir una segunda «ola» de cuestionamiento de todo el conjunto del sistema global, pero, ¿cómo?

Entre la ola que se agotó y la nueva ola, posible y necesaria, del siglo XXI, hay un hueco. En dicho hueco, las relaciones de fuerza sociales y políticas son desiguales. Tan desiguales que permiten una contraofensiva del capitalismo reforzada por las ilusiones del fin de la historia y la desaparición total de la primera ola.

Lo que permite al neoliberalismo construir un discurso reaccionario y no «liberal», como nos dicen. Es un discurso de retorno al siglo XIX basado en el modelo del discurso de la Restauración que señalaba, en Francia, la pretensión de volver a la época anterior a la Revolución. Sarkozy es un ejemplo perfecto de ese discurso reaccionario.

Lo que llaman «reformas» en realidad designa contrarreformas dirigidas a la abolición de todo lo que los trabajadores conquistaron a lo largo del siglo XX.

Estamos en ese hueco. Pero ya vemos dibujarse sobre el océano las primeras ondas de lo que puede convertirse en la nueva ola. Podemos verlas, por ejemplo, en lo que llamo los anticipos revolucionarios de América Latina. El proceso que está viviendo este subcontinente es característico. Es a la vez antiimperialista (particularmente antiyanqui, ya que es el imperialismo estadounidense el que domina brutalmente esta región del mundo) y con una aspiración socialista. Dicha aspiración se formula de formas diversas, a veces vagas y a veces más precisas e incluso dogmáticas.

Pero es interesante comprobar que el antiimperialismo y las aspiraciones socialistas siguen siendo indisociables.

Usted habla de «anticipos revolucionarios» en América Latina. ¿Que quiere decir exactamente? ¿Cuál es la diferencia con la revolución?

Creo que hay que contemplar la prolongada decadencia del capitalismo como lo que podría ser una larga transición hacia el socialismo mundial. «Larga» significa aquí que dicho proceso histórico podría durar varios siglos, al implicar esta transición olas sucesivas. La tradición comunista pensaba en la revolución y la construcción del socialismo como en una posibilidad relativamente rápida, en un tiempo histórico corto, de años o decenios. Hoy prefiero hablar de anticipos revolucionarios más que de revolución porque «revolución» inspira la falsa idea de que todos los problemas se podrían resolver de la noche a la mañana. Los «anticipos revolucionarios» corresponden, desde mi punto de vista, a las fases del establecimiento de otras lógicas diferentes de las del capitalismo y que pueden, a su vez, dar lugar a otros anticipos u «olas» subsiguientes. Pero no hay, en este asunto, un determinismo histórico. Hay unas necesidades objetivas, en el sentido hegeliano del término, pero ningún determinismo absoluto. Si esta transición hacia el socialismo no puede producirse, el resultado sería el de una larga transición siempre hacia una barbarie mayor. Ambas posibilidades coexisten.

Según usted, este hueco entre dos olas es propicio a la proliferación de todo tipo de «ilusiones» sobre el capitalismo. ¿Qué tiene que decir?

«El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos», escribió Antonio Gramsci. Esta frase siempre me impresionó por su precisión y su fuerza. Podemos decir que el viejo mundo, el de la primera ola que cuestionaba el capitalismo, murió. La segunda ola está naciendo. En este claroscuro, los «monstruos» se encarnan en personajes como Bush, Sarkozy o Berlusconi por un lado y como Bin Laden y sus cómplices por el otro. Pero este claroscuro también es un momento de grandes ilusiones que se pueden clasificar en tres tipos y se reparten por el mundo en lugares diferentes; un tipo u otro es el que domina según las regiones, pero todos existen y coexisten por todas partes.

Llamemos al primero la ilusión «socialdemócrata». Es la ilusión de un capitalismo con cara humana. Pudo traducirse en un proyecto político en ciertos momentos de la historia del capitalismo, cuando la relación de fuerzas era más favorable a las clases populares. No denigro en absoluto lo que consiguieron los regímenes del welfare state (estado de bienestar, N. de T.) después de la Segunda Guerra mundial. Pero esos logros no habrían podido ver la luz sin la «amenaza comunista» que pendía entonces sobre la burguesía. Esta amenaza estaba encarnada, a los ojos de los dominantes, por la URSS.

En realidad, la amenaza no era tanto la del comunismo o la de la URSS como la amenaza que representaban para ellos sus propios pueblos.

Inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial las jubilaciones en régimen de reparto (del Estado, N. de T.), los regímenes especiales o la Seguridad Social habrían sido impensables sin la fuerza, en el caso francés, del Partido Comunista. Eso pasó por todas partes con diferentes modalidades. Por lo tanto ese capitalismo con cara humana sólo es factible en los períodos de debilitamiento del capitalismo.

En cambio cuando el dominio del capital es estable y fuerte no tiene en absoluto una cara humana. Adquiere su aspecto real, una cara completamente salvaje. Estamos inmersos en un momento de este tipo, por lo que creer hoy en la posibilidad de un movimiento hacia un capitalismo con cara humana es una ilusión. Una ilusión grave y peligrosa porque desarma a las clases populares creándoles el espejismo de que se puede avanzar sin lucha, sin el esfuerzo que requiere inclinar la balanza de las relaciones de fuerzas a su favor. Este tipo de ilusiones es el que domina en Europa occidental.

En los países llamados emergentes, las que dominan son las ilusiones nacionalistas. Este tipo de ilusiones consiste en considerar que países como China, India o Brasil, bastante fuertes en la actualidad para entrar en el sistema capitalista mundial, pueden imponerse como compañeros en igualdad con las antiguas potencias. Estas ilusiones se nutren con la abundante literatura sobre el temor a la «hegemonía china en alza», casi una variante del miedo al «peligro amarillo». A esa literatura se responde con otra, en este caso nacionalista, que elogia la evolución de China y otros países emergentes.

En realidad las relaciones internacionales de fuerzas, la dominación del capital financiero y el imperialismo colectivo de Estados Unidos, Europa y Japón no permitirán a estos países jugar en igualdad con las viejas potencias en el escenario mundial.

El lenguaje, cada vez más agresivo, frente a China lo demuestra. Este lenguaje ya tiene su traducción en la realidad con agresiones brutales a los países débiles, como Iraq. Otros países menos vulnerables, pero que sin embargo son potencias medianas, como Irán, están amenazados. Detrás de estas agresiones lo que se adivina en realidad es la voluntad de Estados Unidos de contemplar, incluso, una guerra contra China si ésta se volviera demasiado amenazadora para sus intereses. En semejante contexto, creer que los países emergentes podrán imponerse en el sistema para romper con la lógica capitalista es una quimera.

El tercer tipo de ilusiones, el peor, viene con los ropajes de la nostalgia. Estas ilusiones afectan a los pueblos que se han deshecho a lo largo de la historia. Es el caso de los países árabes, más ampliamente de los países islámicos, y también de los pueblos del África subsahariana que pretenden buscar soluciones en las «raíces», en la reconstrucción aberrante de un pasado mítico que jamás existió.

Esas nostalgias se disfrazan fácilmente. La confesionalidad, la adhesión a la religión se prestan a eso, lo mismo que la reivindicación de las raíces étnicas o tribales. Esta ilusión se funda en una pseudo autenticidad de nuevo cuño que no tiene nada que ver con la realidad.

Estamos en un momento en que esos tres tipos de ilusiones forjan sociedades distintas.

Usted propone en su último libro, Por la Quinta Internacional, promover la cristalización de la segunda ola crítica del capitalismo. ¿De qué manera?

El momento de desmoralización de las fuerzas populares, unido a la idea de que «el socialismo fue vencido definitivamente» y el capitalismo se había convertido en «el fin de la historia», cedió el paso, desde finales de los noventa, a la llamada a la lucha por otro mundo mejor. Los foros sociales altermundistas fueron algunos de los centros en los que se daba una visibilidad a las luchas. Pero queda mucho camino por recorrer para que estas luchas converjan y cristalicen en estrategias coherentes y eficaces capaces de derrotar el proyecto de Estados Unidos y sus aliados de controlar militarmente el planeta; para abrir nuevas vías al socialismo dl siglo XXI, un socialismo más auténticamente democrático que el de la ola del siglo XIX.

Conjugar el combate democrático con el progreso social y reconstruir sobre esta base el internacionalismo de los pueblos frente al cosmopolitismo del capital, es el desafío al que se enfrenta la izquierda del mundo entero.

Fuente original: http://www.humanite.fr/

Artículo original publicado el 1 de febrero de 2008

Caty R. es miembro de Rebelión, Cubadebate y Tlaxcala, la red de traductores por la diversidad lingüística. Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, a la traductora la fuente.

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