El imperialismo suizo o los secretos de una potencia invisible
Sébastien Guex

Introducción

El Foro socialista de formación y debate organizado por solidarités los pasados 17 y 18 de noviembre en Chaux-de-Fonds, se consagró al imperialismo y al racismo. Fue una ocasión para hacer hincapié, especialmente, en las nuevas formas del imperialismo en el mundo, sus consecuencias en África y también sus particularidades en Suiza

Desde principios del siglo XX algunos autores, con John A. Hobson a la cabeza, recurrieron al término «imperialismo» para señalar una nueva fase del desarrollo del capitalismo, marcada por la ascensión de una burguesía rentista a la cabeza de los países más avanzados, tributaria de monopolios que fusionaban intereses industriales y bancarios, así como por una tendencia a la exportación masiva de capitales, a la expansión territorial y a la guerra. Después del libro del socialista austriaco Rudolf Hilferding, consagrado al «Capital financiero» (1910), es Lenin quien lo señala incluyendo explícitamente esta noción en el corazón de la reflexión teórica marxista, cuando redacta «El Imperialismo estadio supremo del capitalismo», durante la Primera Guerra Mundial, en 1916, en Zurich.

El imperialismo suizo o los secretos de una potencia invisible

Ambas guerras mundiales, los genocidios y las masacres coloniales de la época son extremos que confirman los pronósticos de Lenin en cuanto al carácter profundamente regresivo del imperialismo. En 1951, Hannah Arendt incluso lo contemplará como una puerta abierta al totalitarismo. Sin embargo, después de la Segunda Guerra Mundial, la descolonización, «Los Treinta Gloriosos» y la coexistencia pacífica pudieron hacer pensar en la apertura de una nueva era de paz y progreso para los países industriales. No era, por cierto, el punto de vista de los «condenados de la tierra» -un tercio del mundo- que ya denunciaban entonces el neocolonialismo, los mecanismos informales del sometimiento y la dominación militar del imperialismo estadounidense.

Desde la vuelta a un período de crecimiento lento y caótico, abierto por la recesión generalizada de mediados de los 70, al que siguieron, algunos años más tarde, la implosión del bloque soviético y la vuelta del capitalismo a China, el mundo cayó otra vez en una fase creciente de tensiones y desequilibrios. Detrás del término comodín de «globalización» están las desigualdades sociales que triunfan por todas partes –dentro de cada país y a escala internacional–, pero también las rivalidades entre las grandes potencias, más o menos bien arbitradas, en el seno de las poderosas instituciones transnacionales (OMC, FMI, Banco Mundial, OCDE, G8, OTAN, etcétera).

Al margen de la deuda del tercer mundo y los planes de ajuste estructural, hablamos cada vez más francamente de «recolonización». En la prolongación de «la guerra infinita», el «choque de civilizaciones» y la «guerra contra el terrorismo», cada vez se asientan más la cuestión militar y las derivas autoritarias. Frente a los crecientes desequilibrios ecologistas provocados por la aceleración de la producción, los medios dominantes se lanzan a imponer por fin «sus soluciones» a expensas de los más débiles. Al poder sin maquillaje de las multinacionales corresponde, en efecto, una nueva forma de capitalismo globalizado: la dominación financiera, que determina un nuevo imperialismo. Como vamos a comprobar, la burguesía suiza dispone de más de un triunfo para sacar partido plenamente a esta situación. (jb)

El imperialismo suizo no ha sido objeto de muchas investigaciones. No existe una obra que describa la historia total de este imperialismo, trate de cuestionar sus formas, su papel y su peso a escala mundial e intente encuadrar sus particularidades con relación a otros imperialismos. Incluso en el plano estrictamente informativo sólo disponemos de datos incompletos y dispersos. Si hubiera que citar tres títulos sobre este importante asunto, señalaría:

. Richard Behrendt, Die Schweiz und der Imperialismus. Die Volkswirtschaft del hochkapitalistischen Kleinstaates im Zeitalter del politischen und ökonomischen Nationalismus, Leipzig / stuttgart, Rascher, 1932.

. Lorenz Stucki, L’Empire occulte: les secrets de la puissance helvétique, París, R. Laffont, 1970.

. François Hopflinger, L’Empire Suisse, Ginebra, 1978.

Por lo tanto no es posible presentar un análisis global, preciso, riguroso y articulado del imperialismo suizo. Sólo podemos aportar un cierto número de observaciones, a menudo escandalosas, y a partir de ellas trazar algunas pistas interpretativas.

Un imperialismo maquillado o enmascarado

De acuerdo con su tamaño, pero de una forma absoluta, Suiza forma parte de las principales potencias imperialistas del mundo desde hace tiempo. Volveré a esto. Pero en Suiza apenas existe, incluida en el movimiento obrero o en la izquierda, una conciencia directa de este fenómeno. Varias razones contribuyen a la ausencia de esta conciencia:

. Suiza realmente nunca ha tenido colonias y por lo tanto nunca ha estado comprometida directamente en la manifestación más clara del colonialismo o el imperialismo, es decir, las guerras coloniales o imperialistas.

. Al contrario, la burguesía suiza industrial y bancaria avanzó desde hace mucho tiempo de una forma solapada, enmascarada detrás de la neutralidad política, es decir, a la sombra de las grandes potencias coloniales e imperialistas (Gran Bretaña, Francia, Alemania o Estados Unidos); enmascarada también detrás de un discurso propagandista omnipresente que muestra, y a menudo consigue hacer pasar, a Suiza por el país de la política humanitaria por medio de la Cruz Roja, las buenas obras, la filantropía, etcétera; y enmascarada, por fin, por un discurso complementario del precedente al que llamé la «retórica de la pequeñez» (1), que presenta siempre a Suiza como David que se enfrenta a Goliat, un pequeño Estado débil, inofensivo, etcétera.

Por estas variadas razones, ciertos autores califican el imperialismo suizo de imperialismo secundario, pero la expresión me parece mal escogida, porque alimenta la idea de que el imperialismo suizo sería de poco peso, marginal, pequeño, mucho menos importante que el imperialismo de otros países. Y Suiza es una potencia importante e imperialista. Prefiero pues la expresión de imperialismo maquillado o enmascarado.

En el corazón de los imperialismos europeos

Desde hace siglos, el capitalismo suizo está en el corazón del desarrollo del capitalismo europeo. Ya en el siglo XVI, los grandes comerciantes y banqueros de Ginebra, Basilea y Zurich, estaban en el centro de las redes internacionales de circulación de las mercancías y los créditos. Desde el siglo XVII, y sobre todo en el XVIII y hasta mediados del XIX, los medios capitalistas de Basilea, Ginebra, Neuchâ, Saint Galen, Zurich, etcétera, participaron ampliamente en esta operación inmensa de explotación y opresión, junto al resto del mundo capitalista occidental y del sur de Europa en auge, que fue el comercio triangular. El origen de la fortuna de la gran familia burguesa de los Pury, uno de los inspiradores del célebre «Libro blanco»* de 1993, procede de la explotación de cientos de esclavos importados por la fuerza de África a las inmensas explotaciones agrícolas de América.

Gracias especialmente a los capitales acumulados por la explotación y el comercio de esclavos, los medios capitalistas suizos son, después de los ingleses, los que mejor llevan a cabo la famosa revolución industrial entre 1750 y 1850. En el curso del siglo XIX Suiza es, con un pequeño número de países –Gran Bretaña, Francia, Alemania, Bélgica, Holanda y Estados Unidos-, uno de los mas destacados del desarrollo capitalista, y se convierte en uno de los países más industrializados del mundo, especialmente poderoso en sectores punteros de la época como la fabricación de maquinaria y motores, la electrónica y la química. El período que va de 1850 a 1914 conoce el desarrollo prodigioso del colonialismo-imperialismo:

. La manifestación más tangible es la carrera hacia las colonias: los países capitalistas desarrollados, sobre todo Gran Bretaña y Francia, sometieron por las armas a toda África y gran parte de Asia.

. Todos los países capitalistas desarrollados exportaron capitales masivamente, lo que les permitió ejercer una influencia determinante sobre países no colonizados pero menos, o nada, industrializados, en particular en América Central y del Sur, el Imperio Otomano, Persia, Siam, e incluso China.

Campeona en todas las categorías en 1913

¿Qué es el capitalismo suizo? Aquí es donde se ve aparecer su primera gran peculiaridad: por un lado, la burguesía suiza también es imperialista, como sus rivales. Los grandes grupos suizos exportan capitales a gran escala e invierten masivamente en el extranjero. Así, en 1913, Suiza es el país que está, con diferencia, a la cabeza en cuanto a las inversiones directas en el extranjero por habitante (en dólares) (2):


   Suiza   700
   Reino Unido   440
   Países Bajos   320

   Bélgica

   250
   Francia   230
   Alemania     70
   Estados Unidos     40



En 1900, Suiza es el país que cuenta con más multinacionales en el mundo por cada mil habitantes; Nestlé es, probablemente, la multinacional más internacionalizada del mundo, es decir, la que cuenta con más filiales en el extranjero.

Pero por otro lado, los medios suizos industriales y bancarios estaban frenados en la carrera hacia la colonización del mundo por un gran obstáculo: su ejército es relativamente débil y no tiene acceso directo a los océanos, a diferencia de Holanda o Bélgica, países similares a los que el acceso al mar les permitió lanzarse a la conquista colonial.

Durante período que va de la guerra franco-prusiana de 1870 al inicio de la Primera Guerra Mundial, los círculos dirigentes de Suiza soñaron con un alargamiento territorial de la Confederación, bien por el lado italiano o por el francés, que les diera acceso al mar (Génova o Tolón). En 1914 y 1915, por ejemplo, se plantearon seriamente abandonar la neutralidad y entrar en la guerra, al lado del imperialismo alemán, con la esperanza de conseguir, en caso de ganar, una parte del botín, es decir, un corredor hacia el Mediterráneo y algunas colonias en África (3). Pero finalmente consideraron que la aventura era demasiado arriesgada, tanto desde el punto de vista de su política interna como externa, y optaron por seguir en la vía de la neutralidad. Esta elección enseguida se reveló altamente rentable, ya que permitía a los industriales y banqueros helvéticos hacer formidables negocios con los dos bandos beligerantes.

A la sombra de los poderosos

Esa es la particular posición que marcará las formas y el contenido del imperialismo suizo desde finales del siglo XIX hasta hoy: así, como la gran burguesía helvética industrial y bancaria no podía depender del triunfo militar, aprendió y se convirtió en maestra en el arte de jugar sobre los enfrentamientos entre las grandes potencias imperialistas, con el fin de acercar sus propios peones (4). En este sentido, utiliza de forma combinada dos triunfos:

. La política de neutralidad, aliada con las buenas obras y el humanitarismo (Cruz Roja, etcétera), permiten al imperialismo suizo no aparecer como tal a los ojos de grandes sectores de la población mundial, lo que le confiere una gran legitimidad y le permite ser elegida frecuentemente para hacer de árbitro o intermediario entre las grandes potencias imperialistas. Camille Barrère, embajador de Francia en Berna de 1894 a 1897, ya había comprendido esta estrategia cuando escribía: «la marina de Suiza es el arbitraje» (5).

. La burguesía suiza industrial y bancaria es capaz de ofrecer una serie de servicios específicos (secreto bancario, sistema fiscal más que complaciente, debilidad extrema de los derechos sociales, etcétera), de los que las clases dominantes de las grandes potencias imperialistas tienen gran necesidad pero difícilmente pueden tener en sus propios países, generalmente por razones políticas internas. El imperialismo helvético, en el que Suiza no aparece como un rival demasiado peligroso debido especialmente a su debilidad militar, es aceptado por las grandes potencias y se instala y especializa en varios aspectos altamente provechosos (el de paraíso fiscal y plaza financiera internacional en particular).

Suiza-África

Los ejemplos que ilustran la estrategia y la precocidad con las que la burguesía suiza supo acercar sus propios intereses en la estela de las grandes potencias imperialistas jugando, cuando era necesario, con sus contradicciones, son numerosos. Tomemos dos de ellos:

. Desde 1828, los misioneros de Basilea, seguidos inmediatamente por los comerciantes de una sociedad, la Basler Handelsgesellschaft, fundada por el corazón de la oligarquía de Basilea (las familias Burckhardt, Merian, Iselin, Ehinger y Vischer), se establecieron en la costa de la actual Ghana y desempeñaron un papel decisivo en la colonización de esta región por Gran Bretaña. En la década de 1860 emprendieron, en este sentido, un auténtico trabajo de lobbying, coronado con el éxito, cerca del Parlamento inglés y participaron directamente en la larga guerra colonial de Inglaterra contra el reino Ashanti (6). En recompensa, los negociantes de Basilea vieron sus negocios facilitados en Ghana, bajo la tutela británica, de tal modo que Basler Handelsgesellschaft se convierte, a principios del siglo XX, en una de las sociedades más grandes del mundo de la exportación de cacao (el índice de ganancia neta que consiguió en Ghana alcanza el 25% por término medio anual entre 1890 y 1910). Es sólo una anécdota que permite medir la influencia adquirida en el país por los negociantes suizos y demuestra hasta qué punto lo consideraban su coto privado. En marzo de 1957, Ghana es la primera colonia europea de África que conquista su independencia. Fue un acontecimiento histórico, pero esto no impidió que cuatro meses más tarde, en la fiesta organizada por los expatriados helvéticos el 1 de agosto de 1957, el orador suizo concluyera su discurso ante cientos de invitados con estas palabras: «¡Viva el cantón suizo de Ghana!» (7).

. Pero en paralelo a la carta inglesa, el capitalismo helvético también supo jugar las cartas alemana y francesa. Suiza incluso desempeñó un papel de primer orden en la política colonial alemana en África, lo que le permitió, a cambio, disponer de la benevolencia de las autoridades coloniales y desarrollar florecientes negocios. Fue un comerciante de Zurich, Conrad von Pestalozzi, quien contribuyó ampliamente al establecimiento (por otra parte es quien lo firmó), en marzo de 1883, del primer contrato que ponía un territorio africano -una parte de la actual Namibia- bajo «protección» alemana. Un año más tarde fue un negociante de Basilea, Louis Baur, el encargado por el gobierno alemán de negociar y rubricar dos tratados que relacionaban una parte de la actual Sierra Leona con el imperio alemán. En 1884 Carl Passavant, hijo de un gran banquero de Basilea, participó, con tropas que él mismo reclutó, en la primera guerra colonial emprendida por el Reich, que acabó con la anexión de Camerún (8). También son dos comerciantes suizos quienes aparecen a la cabeza de una de las compañías más activas en la expansión colonial de Francia en África, la Sociedad mercantil del oeste africano (SCOA) (9).

En el patio de los grandes

La estrategia señalada más arriba se reveló particularmente eficaz de modo que Suiza se transformó, en el curso del siglo XIX, en una potencia imperialista de importancia media, incluso, en ciertos dominios, de primer orden.

He aquí algunas ilustraciones:

. Las multinacionales suizas pertenecen al pequeño número de las sociedades que dominan el mundo en una serie de ramas, las tecnologías de la energía y la automatización (ABB: primera o segunda mundial), farmacia (Novartis: cuarta, Roche: octava), cemento y materiales de construcción (Holcim: primera), productos alimenticios (Nestlé: primera), relojería (Swatch: primera), agro-industria (Syngenta: segunda o tercera), producción y comercialización de metales (Xstrata: tercera o cuarta), banca (UBS: cuarta o quinta; Credit Suisse: decimoquinta o decimosexta), seguridad (Zurich: séptima u octava) y seguros (Swiss Re: primera).

. Otro instrumento que calcula el peso del imperialismo suizo es el volumen de las inversiones directas en el extranjero. Por inversiones directas entendemos las participaciones en una sociedad operadas por empresas nacionales en el capital de sociedades extranjeras que superan el 10% de dicho capital y aseguran, por lo tanto, en la gran mayoría de los casos, el control de estas sociedades.

 



 Inversiones directas en el extranjero en 2002(10), existencias, en miles de millones de dólares  


USA  

  
GB 



FR   


 AL   


H-K  

  
HOL 


JA   


 SUI   

CAN   

 Existencias en el extranjero

   1501

  1033 

  652 

  578 

  370

   356

   352

   298

   274

 Existencias del extranjero en el  país

   1351

    639

   401

  452 

  433

   315

     60

  118


   221

 Existencias netas

    150

    394

   251

 126

  -63

     41

   272

   179


    53 



Como demuestra la primera línea del cuadro, el volumen de las inversiones directas suizas en el extranjero es muy elevado. Con casi 300.000 millones de dólares en 2002, se sitúa en el octavo puesto mundial. En el extranjero, las multinacionales suizas, que explotan una mano de obra cercana a los 2.200.000 asalariados (más del doble de mano de obra que explotan en Suiza), suponen un peso de la quinta parte del de las multinacionales estadounidenses, un tercio del de las inglesas y la mitad del de las alemanas.
La medida de la potencia del imperialismo helvético todavía se hace más precisa cuando se examina el volumen de las inversiones netas de las sociedades suizas en el extranjero, es decir las existencias brutas en las que se suprimen las existencias de las inversiones extranjeras (línea 3 del cuadro). Desde este punto de vista, las multinacionales suizas se sitúan en el cuarto puesto mundial. Cerca de la mitad de los 179.000 millones de inversiones netas suizas en el extranjero está situada en países dependientes, especialmente de Asia y América latina (11).

. Desde la Primera Guerra Mundial, Suiza también se convirtió en una plaza financiera internacional de primer orden, que hoy es la cuarta o quinta más importante del mundo. Pero en el terreno financiero, el imperialismo helvético presenta de nuevo una particularidad: los bancos suizos ocupan, en efecto, una posición específica en la distribución del trabajo entre los centros financieros: son el lugar de refugio preferido del dinero de los grandes capitalistas y de los ricos del planeta entero ya que se especializaron en las operaciones vinculadas a la «gestión de fortuna».

Gestora de fortuna del mundo entero

En la gestión de las llamadas «fortunas particulares offshore», es decir las fortunas que pertenecen a personas que no son administradas en el país de origen, la plaza financiera helvética ocupa una posición dominante a escala mundial: las estimaciones más corrientes le atribuyen una parte del mercado internacional del orden del 30%. Otros centros importantes –Gran Bretaña, Estados Unidos, Luxemburgo o Hong-Kong— le siguen de lejos, con partes que suponen entre el 5 y el 20%. En resumen, los bancos, las compañías aseguradoras y otros gestores helvéticos administran, en Suiza y en el extranjero, fondos que alcanzan un importe extraordinario, del orden de 10 billones de francos (unos 6,4 billones de euros), lo que corresponde a un 70% del Producto Interior Bruto de Estados Unidos (12).

Los ricos más importantes de todo el mundo confían desde hace muchos años una parte de sus fondos a la gestión de los bancos suizos porque ofrecen una combinación casi única de ventajas: un secreto bancario de hormigón armado; un sistema de fiscalidad débil y complaciente con respecto a los afortunados; una moneda muy sólida; una estabilidad política a toda prueba; una destreza y un tejido de relaciones pulidos a lo largo de generaciones. Hay tres aspectos que merecen destacarse sobre la fuerza financiera del imperialismo suizo:

. Como señala Le Temps, «los clientes millonarios de los países en vías de desarrollo aportan cerca del 70% de los fondos administrados offshore» (13) por las finanzas suizas, es decir una suma del orden de 3 billones de francos. Este dinero está compuesto esencialmente –cerca del 80%- por capitales que escapan del fisco de sus países de origen. Esto significa que los países pobres ven cómo unos 40.000 millones de francos de ingresos fiscales se escapan cada año gracias a la complicidad del paraíso fiscal helvético, es decir 25 veces más de la suma que la Confederación se dignó consagrar a «la ayuda al desarrollo» en 2006.

. Una parte importante de estos capitales después son prestados por los banqueros suizos a los Estados de donde provienen, lo que permite a las finanzas helvéticas -ironía del mecanismo- ejercer, gracias a sus créditos, considerables presiones sobre la población de estos Estados con el fin de extorsionarlos todavía más.

. Hay que señalar por fin que la posición descrita más arriba da un carácter particular, fuertemente rentista o parasitario, al imperialismo suizo; un carácter que impregna fuertemente a la burguesía helvética pero que se extiende también a grandes sectores de la pequeña burguesía y a ciertas capas superiores de los asalariados.

Cinismo y corrupción prosperan al amparo del secreto bancario, del fraude y de las evasiones fiscales, de todo tipo de tráficos dudosos y de toda clase de dinero sucio. Ciertos sectores de la burguesía helvética no vacilan, por otra parte, en ir cada vez más lejos en la vía de la transformación de Suiza en una república bananera, como lo demuestran el establecimiento de costes fiscales fijos para los extranjeros riquísimos o las gestiones recientes de los dirigentes de la UDC para incluir el secreto bancario en la Constitución, es decir, convertir el delito del fraude fiscal en uno de los fundamentos del Estado federal.

El cinismo de ciertos círculos burgueses parece tanto más vergonzoso porque se rodea de un discurso permanente de Suiza como patria de los derechos humanos y el humanitarismo. Todo esto, mientras que la Unión de Bancos Suizos y el Credit Suisse figuran entre los principales proveedores de fondos de las compañías petroleras que operan en Sudán, gracias a cuyas rentas el gobierno de este país está librando una guerra de tipo genocida en Darfur (14).

Explotación masiva de la mano de obra extranjera

Queda por subrayar un último aspecto, muy importante, del imperialismo suizo. La relación imperialista no sólo consiste en ir, como hemos dicho más arriba, hacia la mano de obra que se puede moldear y esclavizar debido a la pobreza de sus países. Consiste también en traer a su terreno a trabajadores extranjeros en condiciones en las que pueden ser explotados de la misma manera feroz. También en este ámbito el empresariado helvético se distinguió importando masivamente una mano de obra inmigrante fuertemente discriminada por un sabio sistema de permisos de residencia orientados al mantenimiento de una enorme precariedad y por la ausencia de derechos políticos. También se ha distinguido por su extensa política de «deslocalización in situ» (15), según la expresión de Emmanuel Terray, que Suiza ha utilizado desde hace mucho tiempo. Desde finales del siglo XIX los trabajadores extranjeros en Suiza representan más de 10% de la población (el 16% en 1913). Hoy constituyen cerca del 20% de la población que reside en Suiza, es decir, alrededor de un millón de personas asalariadas a las que hay que añadir cerca de 200.000 trabajadores clandestinos en condiciones similares a las que reinaban en las antiguas colonias.

Notas:

(1) Sébastien Guex, «De la Suisse comme petit Etat faible: jalons pour sortir d’une image en trompe-l’oeil», en S. Guex, La Suisse et les Grandes puissances 1914-1945, Genève, Droz, 1999.

(2) Paul Bairoch, «La Suisse dans le contexte international aux XIXe et XXe siècles», en P. Bairoch, M. Körner, La Suisse dans l’économie mondiale, Zurich, Chronos, 1990.

(3) Por ejemplo, Documents Diplomatiques Suisses, vol. 6.

(4) En 1916, en su célebre ensayo «El imperialismo, estadio supremo del capitalismo», Lenin señala a propósito de Bélgica y Holanda que: «la mayor parte de esos pequeños Estados sólo conservan sus colonias gracias a los intereses opuestos y las fricciones entre las grandes potencias que no se ponen de acuerdo sobre el reparto del botín», en Obras Escogidas, Moscú, Editions du progrès, 1975.

(5) Citado en Jean-Claude Allain, «La politique helvétique de la France au début du XXe siècle (1899-1912)», en R. Poidevin, L.-E. Roulet, Aspects des rapports entre la France et la Suisse de 1843 à 1939, Neuchâtel, La Baconnière, 1982.

(6) Sébastien Guex, «Le négoce suisse en Afrique subsaharienne: le cas de la Société Union Trading Company (1859-1918)», en H. Bonin, M. Cahen, Négoce blanc en Afrique noire, Bordeaux, Société française d’histoire d’outre-mer, 2001.

(7) Hans Werner Debrunner, Schweizer im kolonialen Afrika, Basel, Basler Afrika Bibliographien, 1991.

(8) Hans Werner Debrunner, «Schweizer Zeugen und Mitbeteiligte bei den Anfängen deutscher Kolonisation in Afrika», en P. Heine, U. van der Heyden, Studien zur Geschichte des deutschen Kolonialismus in Afrika. Festschrift zum 60. Geburtstag von Peter Sebald, Pfaffenweiler, Centaurus Verlag, 1995.

(9) Catherine Coquery-Vidrovitch, «L’impact des intérêts coloniaux: SCOA et CFAO dans l’Ouest africain, 1910-1960», Journal of African History, vol. 16, 1975.

(10) Crédit Suisse, Direktinvestor Schweiz: Mitspielen in der obersten Liga, Spotlight, 2 de febrero de 2004.

(11) Neue Zürcher Zeitung, 15 de octubre de 2002.

(12) Steve Donzé, Wealth Management in Switzerland, Basel, Swiss Bankers Association, 2007.

(13) Le Temps, 28 de octubre de 2005.

(14) «Darfour: pas de commerce avec la mort», Libération Afrique, 29 de octubre de 2007, www.liberationafrique.org

(15) Emmanuel Terray, «Le travail des étrangers en situation irrégulière ou la délocalisation sur place», en E. Balibar, Les Sans-papiers : l’archaïsme fatal, París, La Découverte, 1999.

Nota de T.

* El libro-programa de la patronal suiza, conocido con el nombre de «Libro blanco» de David de Pury, en alemán Mut zum Aufbruch, aparecido a finales de 1995, desarrollaba de esta forma su «tesis»: Los países del este de Asia (de Taiwán a Corea del Sur, pasando por Malasia e Indonesia...) son cada vez más competitivos. En una economía globalizada ponen en peligro «nuestra» economía suiza. Por lo tanto, para hacerles frente hay que reducir los costes salariales, flexibilizar el mercado laboral, privatizar, reducir los impuestos sobre el capital y fijar objetivo cero para el déficit público».

Fuente: http://www.cadtm.org/spip.php?article3080

Artículo original publicado el 31 de enero de 2008

Caty R. es miembro de Rebelión, Cubadebate y Tlaxcala, la red de traductores por la diversidad lingüística. Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, a la traductora y la fuente.

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